El espacio donde Esteban trabaja es lo que nos llamó la atención primeramente. Un local de fotos carnet ubicado en el barrio de Monserrat, frente a la escuela de policías. Desde la calle se observan fotos de caras que se repiten en hileras o surtidos viejos que rodean el espacio de trabajo. Una cara se repite, la de Beatriz, madre de Esteban y dueña del local. Más allá de su actividad quisimos indagar en su vida y en sus pasiones. También lo que lo llevo a trabajar allí. Para un desconocido puede resultar un espacio agobiante, extraño por naturaleza, pero el pasa sus días tocando la guitarra y el teclado y espera formar una banda nuevamente.Durante el primer encuentro charlamos de su juventud y la escena Under de Buenos Aires. Él tenía una banda Punk y frecuentaba espacios como el Paracultural y Cemento. Chusmeando una cuenta de Instagram llamada “flyershpunkargentina” que recolecta archivo de la escena Hardcore Punk y Metal, reconoció a varias bandas que supo ver en vivo, como Sentimiento Incontrolable, Mal Momento, Ataque 77 y otros tantos grupos. Eran los 90 y no había futuro, o eso creía fervientemente y por eso pasaba cada día como si fuese el último. Le preguntamos qué quedo palpable del fresensi de ese momento y respondió que muy poco “El rock hizo promesas falsas”, nos dijo. Solo llegamos a ver una foto suya desde el celu, donde encorvado toca el teclado y unos rulos gigantes le tapan la cara.
Para no perder la fantasía, en una de las visitas le prestamos un fanzine llamado “Las huestes de Babylon” que relata la historia de un personaje ficticio, Nina Zimmerman, que también tuvo una banda de metal en los 90 pero un día se disolvió y nadie sabe bien por qué. En cierta forma se parece a lo que le sucedió a él, pero es mentira porque sigue creyendo en la música y es su motor.

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